¿Cuál es el significado de los elementos en las ofrendas de Día de Muertos?

Es una forma de convivir con los muertos.

 

Ofrenda de Día de Muertos (iStock)

 

Como un ritual que convoca a la memoria, las ofrendas que se colocan con motivo del Día de Muertos representan una forma de compartir con los difuntos el pan, la sal, las frutas, los manjares culinarios, el agua y si eran adultos, el vino.

 

La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) refirió que son un tipo de escenografía donde participan nuestros muertos que llegan a beber, comer, descansar y convivir con sus deudos.

 

Explicó que los altares para los muertos como los conocemos en la actualidad son un reflejo del sincretismo del viejo y nuevo mundo, una mezcla cultural donde los europeos pusieron algunas flores, ceras, velas y veladoras; y los indígenas agregaron el sahumerio con su copal, la comida y la flor de cempasúchil.

 

Se recibe a los muertos con elementos naturales, frugales e intangibles, además se incluyen las estelas de olores y fragancias que le nacen a las flores, al incienso y al copal.

 

El agua, sal, velas o veladoras, copal, incienso, flores, petate, izcuintle, pan, gollete y cañas son algunos elementos imprescindibles que deben llevar las ofrendas para conservar su encanto espiritual.

 

Cada uno de ellos tiene su propio significado, por ejemplo, el agua representa la fuente de la vida, se ofrece a las ánimas para saciar su sed después del largo recorrido y para que fortalezcan su regreso, mientras que la sal sirve para que el alma no se corrompa en su viaje de ida y vuelta para el siguiente año.

 

La luz que producen las velas representa la esperanza y la fe, una guía para que los difuntos puedan llegar a sus antiguos lugares y alumbrar el regreso a su morada.

 

En varias comunidades indígenas cada vela representa un difunto, es decir, el número de veladoras que tendrá el altar dependerá de las almas que quiera recibir la familia.

 

Si los cirios o los candeleros son morados es señal de duelo; y si se ponen cuatro en cruz, representan los cuatro puntos cardinales, de manera que el ánima pueda orientarse hasta encontrar su camino a su casa.

 

El copal era ofrecido por los indígenas a sus dioses, pues el incienso fue traído por los españoles; las fragancias de ambos subliman la oración o alabanza, se usan para limpiar el lugar de los malos espíritus y evitar peligro alguno a quienes regresan a su casa.

 

Por sus colores y estelas aromáticas, las flores son símbolo de la festividad, adornan y aromatizan el lugar durante la estancia del ánima.

 

Las más tradicionales son el alhelí y la nube, que su color significa pureza y ternura y suelen acompañan a las ánimas de los niños; así como la de cempasúchil, que en muchos lugares se acostumbra a desojarla y poner caminos de pétalos para guiar al difunto del campo santo a la ofrenda y viceversa.

 

Entre los múltiples usos del petate se encuentra el de cama, mesa o mortaja, pero en esta celebración funciona para que las ánimas descansen o bien, de mantel para colocar los alimentos de la ofrenda.

 

En los altares dedicados a los niños, no debe faltar el perrito izcuintle en juguete, para que sus ánimas se sientan contentas al llegar al banquete.

 

De acuerdo con la creencia, el perrito izcuintle es el que los ayuda a cruzar el caudaloso río Chiconauhuapan, que es el último paso para llegar al Mictlán.

 

Elaborado de diferentes formas, el pan es uno de los elementos más preciados en el altar, representa el ofrecimiento fraternal.

 

Los golletes son panes en forma de rueda y se colocan en las ofrendas sostenidos por trozos de caña, estos simbolizan los cráneos de los enemigos vencidos y las cañas las varas donde se ensartaban.

 

En las ofrendas también se acostumbra colocar fotografías de quienes ya no están, la imagen de las ánimas del purgatorio, imágenes de santos, frutas, dulce de calabaza, calaveras de azúcar, licor, una cruz grande de ceniza y los platillos favoritos del difunto.

 

Para recibir a las ánimas, el altar puede ser adornado con papel picado, telas de seda y satín donde descansan también figuras de barro, incensario o ropa limpia.

 

En la mayoría de los hogares campesinos de extracción mestiza o indígena y aún entre algunas familias urbanas, el 31 de octubre se elabora la ofrenda dedicada a los niños o "angelitos".

 

Sus ánimas llegan el 1 de noviembre para nutrirse de la esencia y el olor de los alimentos que sus padres les prepararon.

 

A diferencia de los altares para los adultos, estos se caracterizan por que la mayoría de sus elementos son blancos y en escala pequeña, se colocan alimentos sin picante, dulces y juguetes.

 

La ofrenda es un tipo de escenografía donde participan nuestros muertos que llegan a beber, comer, descansar y convivir con sus deudos.

 

Fuente: www.economiahoy.mx

Esta es la historia de la Catrina, la imagen más representativa del Día de Muertos

La imagen surgió en 1912 de manos del grabador mexicano José Guadalupe Posada. La calavera es retratada del pecho hacia arriba con una expresión de felicidad.

 

La Catrina, originalmente llamada La Calavera Garbancera, ​ es una figura creada por José Guadalupe Posada y bautizada por el muralista Diego Rivera.​

 

La Catrina se convirtió en el icono que identifica la celebración de Día de Muertos en México, gracias a la intervención del muralista Diego Rivera, quien la despojó de la crítica social que le dio origen y la dotó de la elegancia y figura con la que es conocida en todo el mundo.

 

La imagen surgió en 1912 de manos del grabador mexicano José Guadalupe Posada para ilustrar unos versos en rima a propósito de Día de Muertos -conocidos como "calaveritas"- y mofarse de las clases sociales, explica Verónica Zacarías, profesora y guía del Museo José Guadalupe Posada en la ciudad de Aguascalientes.

 

Posada, grabador y caricaturista originario de Aguascalientes (1852-1913), creó la "Calavera Garbancera", un personaje con el que criticó a las empleadas domésticas que deseaban verse y vestirse como las damas adineradas de la época postrevolucionaria en la Ciudad de México.

 

"La intención de la Calavera Garbancera de Posada era representar a aquellas mujeres que lograban un estatus social alto y que dejaban sus costumbres por tratar de vestirse y comportarse a la usanza europea", señala Zacarías.

 

Además, eran duramente criticadas en los versos que acompañan la ilustración de la autoría de Antonio Vanegas, editor del diario en el que Posada trabajaba.

 

"Hay hermosas garbanceras de corsé y alto tacón, pero han de parar en calaveras, calaveras del montón", se lee en una vieja copia del verso resguardado en el museo junto a la placa de metal original que sirvió para la impresión.

 

La calavera es retratada del pecho hacia arriba con una expresión de felicidad en el rostro y ataviada con un amplio sombrero adornado con plumas y flores.

 

Posada le dibujó unos moños detrás de las orejas, como solían usar las empleadas domésticas, para "recordarles sus orígenes", añade Zacarías.

 

Unos años antes de estallar la Revolución, el artista solía trabajar en ilustraciones que tenían como protagonista a la muerte, inspirado en personajes de la vida cotidiana que abordaba desde la sátira y el humor ácido.

 

Muchos de sus trabajos influenciaron a artistas como José Clemente Orozco, Leopoldo Méndez y Pablo O' Higgins, afirma la profesora.

 

La "Calavera Garbancera" fue uno de sus últimos trabajos, pero no llegó a verlo impreso. El grabador creó al personaje en 1912 en un periodo de depresión tras la muerte de su esposa y su único hijo, pero no fue publicado sino hasta noviembre de 1913, diez meses después de su muerte.

 

La ilustración se reprodujo en cientos de hojas sueltas del diario que eran vendidas por unos centavos a los transeúntes de la capital, pero se quedó en el imaginario mexicano cuando el muralista Diego Rivera la incluyó en su mural "Sueño de una tarde dominical en la Alameda central", en el que quiso hacer un homenaje a Posada.

 

Zacarías explica que, siendo un joven, Rivera conoció al grabador mientras este trabajaba en su taller en el centro de la Ciudad de México y tras su fallecimiento, el muralista contribuyó a que su obra fuera conocida en todo el mundo.

 

En su mural, además de incluir a Posada como a uno de los personajes centrales, Rivera completó el cuerpo que hacía falta a la imagen original de la "Calavera Garbancera", y con ello "le cambió el estatus" social al retratarla con la elegancia de una mujer de la alta sociedad, comenta.

 

"Cuando Rivera la pinta en su mural le cambia el estatus, la convierte en una mujer de clase alta y la llama Catrina", agrega la profesora, quien se viste del personaje durante estas fechas para recibir a los visitantes del museo.

 

Desde entonces, la figura estilizada de la calavera ataviada con sombrero y elegantes vestidos está presente en cualquier altar o adorno alusivo al Día de muertos en México.

 

En estas fechas también es común ver en las calles de cualquier ciudad del país a mujeres disfrazadas de la Catrina.

 

Valeria López es una de ellas. Con la cara maquillada de blanco y ataviada con un vestido negro de encajes blancos, la joven cuenta que la celebración del Día de Muertos es su "festividad favorita" y año tras año se disfraza para mantener la tradición.

 

"Me gusta (vestirme de Catrina), es la época que espero todo el año para ponerlo de pretexto, porque se me hace una tradición muy bonita", dice.

 

Desde pequeña, recuerda, le enseñaron en la escuela los orígenes de este personaje que considera el más "tradicional" y "bonito" para estas festividades en las que los mexicanos honran a los muertos.

 

Fuente: www.economiahoy.mx

El pug, último accesorio de moda en Reino Unido

Enamorados de su aspecto gruñón y de sus grandes ojos, los ingleses han convertido a los pugs en su último accesorio de moda, llegando incluso a tomar cócteles y té en cafeterías dedicadas a estos pequeños perros.

 

Travis, un pug de cuatro años de edad, posa con su dueña junto al café dedicado a estos perros en Brick Lane, este de Londres, el 27 de octubre de 2017 (AFP)

 

En el barrio moderno de Brick Lane, en el este de Londres, una decena de personas esperan delante del Pugs & Pals Cafe. En el interior se oyen ladridos. Para el primer día de apertura de este bar destinado a los enamorados del pug, un viernes por la tarde, es todo un éxito.

 

"¡Es fantástico poder ir a un café con su perro!", dice Sally Afrasiab, de 46 años, feliz propietaria de Dude, de ocho años, que lleva un gorro peruano y una pajarita.

 

Sally es una de esas personas que publican fotos de su pug disfrazado en Instagram. "Tiene más ropa que yo", dice riendo. "En Halloween, en las fiestas... ¡Le encanta! En cualquier caso, no creo que le moleste...", añade observando de reojo a Dude, que permanece estoico.

 

Pasteles para perros

 

Para entrar en la cafetería es necesario reservar un sitio y desembolsar cinco libras (6,56 dólares), o el doble si uno viene sin perro.

 

Mientras los humanos charlan y se quedan embelesados ante los animales, éstos se olfatean el trasero y comen panecillos de jamón y queso. Algunos pugs hacen sus necesidades discretamente en algún rincón.

 

Lauren Lowe se lo ha pasado de maravilla. Acaba de pasar una hora mimando a perros y sacándose fotos con ellos. "Adoro a los pugs. Hace siglos que quiero uno, pero trabajo mucho así que no puedo. Por eso hoy he venido a ver unos cuantos, es genial".

 

Aida Martínez cuenta que la gente le pide acariciar a su perra de ocho meses, Mia, cuando la pasea por la calle. Por eso decidió abrir con su novio el Pugs & Pals Cafe.

 

Para el primer fin de semana de su negocio esperaba a un millar de clientes.

 

Un perro observa anhelante los pasteles servidos a los humanos en un café de Brick Lane, en Londres, el 27 de octubre de 2017 (AFP)

 

Otros bares efímeros dedicados a esa raza canina abrieron en el barrio londinense de Shoreditch, en Mánchester o en Brighton, y atrajeron a cientos de personas, según Anushka Fernando, creadora de esos "pop up cafés".

 

"En Reino Unido nos encantan los perros" y "los pugs tienen caracteres geniales. Son increíblemente afectuosos y simpáticos y se llevan bien con los demás perros y con los niños", dice.

 

"En los dos o tres últimos años, hemos notado un enorme aumento de su popularidad", cuenta Gudrun Ravetz, vicepresidente de la asociación británica de veterinarios. "Muchas celebridades tienen uno, la gente los encuentra bonitos y quieren los mismos".

 

Estrellas de las redes sociales

 

Esos perros se han convertido en estrellas en las redes sociales, como "Doug el pug", que tiene 1,45 millones de seguidores en Twitter, 2,9 millones en Instagram y productos derivados con su imagen.

 

En Reino Unido, su número casi se ha cuadruplicado en 10 años (10.408 en 2016). El pug es la cuarta raza favorita de los británicos por detrás el labrador, del cocker y del bulldog francés.

 

Esta moda preocupa sin embargo a los veterinarios. "La gente piensa que son bonitos con su cara aplastada y sus grandes ojos, pero eso es justamente lo que les provoca problemas de salud" como dificultades para respirar, problemas oculares o hernias discales, avisa Ravetz.

 

"Mucha gente no es consciente de ello y no se informa antes de comprar un perro", lamenta.

 

Aida y Anushka aseguran que tratan de sensibilizar a sus clientes y trabajan con asociaciones.

 

Pero la veterinaria duda que esto sea suficiente y recuerda que las golosinas compradas en esos cafés pueden favorecer la obesidad de los animales y agravar sus problemas de salud. Para ella, "mostrar su amor por un animal es llevarlo a pasear, no a un bar".

 

Fuente: www.deperu.com

La tribu Waiapi de la Amazonía brasileña, a caballo entre dos mundos

Miembros de una tribu de la Amazonía brasileña miran fijamente hacia el cielo y exclaman: “¡Un avión!”, señalando un lejano punto plateado.

 

Indígenas Waiapi observan un avión que sobrevuela la reserva en la que viven, en el estado de Amapá en Brasil, el 15 de octubre de 2017 (AFP / Apu Gomes)

 

La visión de la aeronave que sobrevuela la reserva Waiapi de Manilha hipnotiza a los indígenas, ataviados con brillantes taparrabos rojos y los cuerpos pintados con motivos rojinegros hechos con achiote y jenipapo, un fruto local.

 

“¿Crees que vienen a observarnos?”, pregunta Aka’upotye, de 43 años, el primogénito del cacique.

 

Incluso cuando desaparece el avión -desde el cual la Amazonía debe parecer apenas una alfombra verde – persiste una sensación de malestar.

 

La tribu fue contactada por autoridades brasileñas en la década de 1970. Hasta ese momento, vivía como sus ancestros antes de que los europeos llegaran a América hace cinco siglos, en armonía con la mayor floresta del planeta.

 

Pero el llamado ‘mundo moderno’ se acerca y los cerca.

 

Para alguien llegado de fuera, la vida en Manilha y en una docena de pequeñas comunidades de casas sin paredes y con techos de paja parece a primera vista un cliché de otra era.

 

Los hombres cazan y pescan, mujeres con pechos descubiertos cosechan yuca y preparan la leña para el fuego. Y todos, incluidos los niños, se cubren con pinturas naturales para proteger sus almas y sus cuerpos.

 

Un indígena waiapi utiliza un arco y flecha en Pinoty, en la reserva indígena Waiapi en el estado brasileño de Amapá, el 12 de octubre de 2017 (AFP / Apu Gomes)

 

No hay tiendas ni necesidad de dinero. A diferencia de tribus que casi se han convertido en atracciones turísticas, los waiapi casi nunca aceptan visitas de extraños, ni siquiera periodistas.

 

A pesar de ese aparente aislamiento, no hace falta llevar la mirada al cielo para encontrar señales de cambio.

 

Un hombre de la tribu tiene un teléfono celular en su taparrabo: en el lugar no hay señal, pero lo usa para sacar fotos. Otro posee el único auto de Manilha. Bajo un techo de paja resuena una radio alimentada con energía solar, utilizada para conectar a las comunidades waiapi diseminadas por la floresta.

 

Y mientras Manilha da la impresión de estar perdida en el palpitante corazón de la selva, todo el mundo sabe que la sociedad de consumo acecha a solo dos horas de carretera, en el soñoliento pueblo de Pedra Branca.

 

Dos galaxias a un paso de distancia

 

La mayoría de los cerca de 1.200 waiapi casi nunca van a Pedra Branca. Jawaruwa Waiapi viaja en cambio allí cada semana, alternando entre dos mundos, casi como un viajero intergaláctico.

 

A sus 31 años, vive en una colina pronunciada en la selva e hizo historia el año pasado al convertirse en concejal. Es el primero de su tribu en ocupar un cargo político por elección popular, un raro ejemplo de la incursión waiapi en territorios del “hombre blanco”.

 

Varios niños waiapi observan el video de una danza tradicional waiapi en un teléfono celular en la reserva en la que viven en el estado de Amapá, el 12 de octubre de 2017 (AFP / Apu Gomes)

 

En Pedra Branca, donde ocupa un escritorio, viste jeans y una camisa a cuadros.

 

Al regresar a su pago, cada fin de semana, lleva apenas el tradicional taparrabo. Su esposa, Monin, vestida de forma similar, lo adorna con achiote, favor que él devuelve.

 

“Aquí tienes que seguir las reglas de la ciudad. Necesitas dinero para vivir, necesitas pagar por todo”, dice en Pedra Branca. “De regreso a la aldea, no pagas por nada: el agua y el fuego son gratis”.

 

Jawaruwa Waiapi dice que se postuló para el Concejo Municipal porque no había ningún representante indígena en esa instancia, así como tampoco hay diputados indígenas en el Congreso brasileño. “¿Quién más va a pelear por nuestra gente?”, se pregunta.

 

Marina Sa, dueña de un restaurante en Pedra Branca que ha ayudado al concejal a integrarse, dice que la presencia de Jawaruwa Waiapi es una novedad. “Poca gente ha ido (a territorio waiapi). Es otro mundo”.

 

Siempre waiapi por dentro

 

Jawaruwa Waiapi y su familia parecen desprenderse de una pesada carga cuando regresan a su tribu, donde el sol gobierna las rutinas y los cantos de los pájaros son los ruidos más fuertes que se oyen.

 

“A los niños no les gusta la vida en el pueblo”, dice su esposa Monin, de 24 años. “Tienen que usar ropa y ducharse”, en lugar de asearse en el río, explica.

 

Amazonía brasileña (AFP  / Kun Tian)

 

Mirando a uno de sus cuatro hijos, de 4 años, Jawaruwa Waiapi se preocupa.

 

Los jóvenes que salen de la aldea para estudiar generalmente regresan. ¿Pero qué pasa si los suyos no?

 

“Si él se va de la aldea y le gusta la ciudad, no querrá conservar nuestra cultura”, comenta.

 

Un hombre de la tribu que vivió dos décadas fuera de la aldea dijo que le costó cuatro años “volver a ser un waiapi”.

 

“Hay mucha maldad en el mundo”, dice Calbi Waiapi, de 57 años.

 

Pero para Kamon Waiapi, que viaja regularmente a Pedra Branca y es asistente de Jawaruwa, la clave está en recordar quién realmente eres.

 

En un viaje reciente al pueblo, salió del carro y cambió su taparrabo por jeans, zapatos de cuero y una camiseta.

 

“Ahora soy un hombre blanco”, dice.

 

¿Se siente menos waiapi?

 

“No”, responde sin sombra de dudas el joven de 25 años. “Por dentro, nunca cambio”.

 

Fuente: www.24matins.es

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